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El bosque que vuela: ficciones en torno a Ogwa

Joaquín Sánchez

-Octubre, 2024

Desde niño, Joaquín Sánchez vive el Chaco como un territorio de fábula. Acunado por los cuentos de guerra de su abuelo, creció imaginando aquellos sitios donde indígenas y soldados se mezclaron en un mismo bando a pesar de la distancia que los separaba. Eran tiempos duros, parajes inhóspitos, donde la sed mataba más que las balas. ¿Por qué volver sobre una historia tan lejana? ¿Por qué hablar hoy de la Guerra del Chaco? Porque la memoria sigue sus propias leyes. Porque se encoge y se desborda, como una sábana.

El abuelo de Joaquín –que también se llamaba Joaquín– tenía un cine ambulante. Recorría el campo con una gran sábana que extendía entre los árboles, donde proyectaba. La misma sábana –quizás– que Joaquín extiende en esta sala con escenas fragmentadas del Chaco, ese espacio quimérico donde se juntan dos abuelos: el de Joaquín y el de Ogwa, que acaba de entrar en el relato.

Ogwa (ca.1930-2008), a quien los misioneros cristianos bautizaron Flores Balbuena, encontró en el dibujo y la pintura una forma de compartir los mitos y las historias de su pueblo –Ishir Ebytoso– que habita en el norte del Chaco. Su abuelo fue uno de los tantos indígenas que guiaron al ejército paraguayo en la espesura del monte para buscar aguadas. Sus compañeros de tropa lo llamaban “Pinturas” porque nunca abandonó la costumbre de pintarse el cuerpo.

El Chaco paraguayo es la región con mayor índice de deforestación del planeta. Los bosques se extinguen. El mundo de Ogwa ya no existe. Él lo anticipó en sus relatos: “¿Vos ya viste el bosque que yo hice, el bosque que vuela? El bosque se fue. Y eso quedó en nuestra historia, porque dicen que van a terminar los bosques y esto ya es como algo guardado, como depositar el bosque para el futuro”.

Joaquín Sánchez ficciona en torno al Chaco, en torno a Ogwa y a su bosque que vuela. La sábana impresa hecha de cientos de bolsas de harina –como las que recibían las tropas acampadas– muestran sus costuras-cicatrices y revelan la imagen desvaída de un paisaje.
Sánchez envuelve a “Pinturas” en una membrana onírica, reivindica sus potencias chamánicas y reimagina los fulgores de un ritual que hasta hoy persiste.

Curaduría: Adriana Almada

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